Oh hombres en la edad viril, de penes pesados como badajos que cada vez os cuesta más levantar. De prominentes barrigas que os impiden ver vuestro propios miembros, que un día fueran desafiantes pitilines envarados, hoy devenidos en morcillones caducos. Usuarios de calzoncillo extenso como paracaídas, con sempiterno rastro de vil palomino marrón nicotina. Marranos que aún no habéis aprendido ni a limpiaros el culo.
Oh mujeres matriarcas de pechos extenuados por las lactancias y pezones extendidos como rosadas tortillas, amantes decepcionadas de vuestros maridos, tristes matrices abandonadas a su suerte después de utilizadas; vosotras a quienes se destinó a la producción de mamarrachos desagradecidos en lúgubres paritorios, cautivas en el falso matriarcado intramuros, devastadas por las humillaciones y abusos de los hombres que no merecieron jamás vuestro amor, escuchad bien.
Foto: B.R. el Blog de Bernar |
Limpiad vuestros oídos mugrientos e intentad escuchar, tratad de comprender con lo que os queda de inteligencia humana. Vosotras que habéis probado ya las delicias del paritorio, vosotros que retozáis gozosos cada día en el cagadero.
Pues son incontables ya los años que lleváis sumergidos hasta el cuello en el lodazal de vuestra impiedad, en el tumulto enloquecido y disoluto, dándoos al desenfreno y a la molicie. Exponiendo, sin el mínimo asomo de pudor ni piedad, a los niños al escándalo convertidos en objetos de consumo, en símbolos de bienestar, en mascotas de ultralujo. Las niñas, patéticas aprendizas de meretriz; los niños, rufianes prematuros. Da vergüenza ver la conducta de algunos de estos niños y niñas, fiel reproducción de lo que absorben mirando a los adultos. Más vergüenza da aún ver a los padres de estos desdichados infelices, promotores de tan inapropiadas conductas. Los jóvenes, buscando su futuro en el muladar inmundo de la televisión unos; otros, con el beneficio rápido a cualquier precio, sin complicaciones morales, como meta. Y aún osáis preguntaros de donde vinieron los males que nos azotan como plaga de langosta, cómo hemos llegado a tan grave desmoronamiento social y moral, a esta ciudadanía podrida que ya no respeta ni la decencia, ni el derecho.
Llega el momento de la depuración de responsabilidades, del Juicio Final. Sí, arrepentíos pecadores impenitentes e irredentos. Nuestra hora está a punto de cumplirse. Hemos colmado la medida de la más abyecta depravación.
Oh Mujeres, ¿qué os han hecho?. Os han arrancado vuestro corazón de oro, colocando en su lugar una caja de hierro llena de gusanos: envidia, deseo, competición.Foto: B.R. el Blog de Bernar |
Oh banqueros y políticos, contubernio infame de unos que se dedican a deshauciar y arruinar a los indefensos con el consentimiento cómplice de los otros que en lugar de proteger al pueblo, que los alzó próceres, se dedican a procurarse la mayor porción posible en el reparto de la nación, promulgando leyes que autorizan el robo con eufemismos rastreros y cláusulas imposibles de cumplir, traicionando con frialdad criminal a quienes depositaron su confianza en ellos. Jugándose en timbas bursátiles, en quilombos financieros, en lupanares monetarios, el dinero de todos para luego venir, con todo el cinismo que un sinvergüenza pueda tener, a pedirlo al pueblo cuando todo se ha perdido por su culpa, convirtiendo la ley en atraco con guante blanco, para despacharnos finalmente con sonrisa disciplente y palmadita en la espalda, tras habernos sacado de nuevo los cuartos, una vez más engañados e indefensos rumbo al cagadero.
Cuando era niño contemplé un extraño espectáculo. Tenía un tío en la sierra que era carnicero y mataba él su propio ganado. Aquel día coincidió con que era día de matanza. Los corderos esperaban a oscuras, en silencio como dice la película pero con una agitación palpable que presentía la tragedia. Uno tras otro eran conducidos a través de un pasillo, al degolladero donde esperaba el carnicero con su afilado cuchillo de degollar, ancho y largo. No daré detalles de cómo usaba el cuchillo, de la manera terrible y decidida de matar sin dolor a un cordero, sin que sufra y ni se entere de que lo están matando. Morían mansamente sin apenas patalear, entregando sumisos su garganta al carnicero, y lo único que hacían sin emitir un gemido, la mínima queja, nada que denotase sufrimiento, era cagar.
Cagar y cagar, lo único que hacían. Pobres animales. Tal vez su única triste e inaudible queja. Mi hermano y mi primo no podían mirar pero yo estaba fascinado por la sangre corriendo y el espectáculo macabro de tanta muerte, que Dios me perdone por mi soberbia.
Foto: B.R. el Blog de Bernar |
Tal vez nos estemos convirtiendo en algo parecido, en mansos corderos viviendo en el engaño del cómodo establo hasta que llega la hora del carnicero al que nos sometemos además con sumisión y alegría estúpidas. Pastoreados por pistoleros y sacrificados por facinerosos, exprimidos hasta la última gota.
Mujeres, al paritorio; hombres, al cagadero.
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